La Grande - Saer, Juan José (fragmento)

La ebriedad, objetivo principal del consumo de vino, no debe ser mencionada,
aunque es por definición la razón de ser misma del vino; y la ebriedad
empieza ya con la primera copa, de modo que sólo los hipócritas pretenden
que hay que tomar con moderación. Entre el estado que procura el primer
sorbo de vino y la inconsciencia final de la borrachera, no hay más que una
diferencia de grado. Desde la primera copa, el otro, o lo otro —la
otredad— que buscamos, aflora desde dentro en el único sitio en el que
razonablemente puede encontrarse, es decir en nosotros mismos. El vino
modifica, a la vez, al bebedor y al mundo. La nitidez sensorial provoca,
provisoria, el olvido del abismo, permitiendo que se instale, casi enseguida,
la alegría, la agudeza, la fuerza; importa poco que más tarde, con la
segunda o tercera botella, la intranquilidad, la angustia, la confusión, el
furor, vuelvan a tomar posesión del cuerpo y de la mente: la ebriedad
otorga el don tan difícil de obtener, de ser al fin uno mismo. Sobrios,
estamos como expulsados de nuestra vida interior; la ebriedad nos la
restituye.

Es la única función del vino; y el alcohol es sagrado en todas las
civilizaciones, salvo en la nuestra, donde, como todo el resto, se transformó
en mercancía. Debe ser un rasgo del cristianismo, porque en Las mil y una
noches, los comerciantes en vino son siempre cristianos. En vez de
pretender desterrar la ebriedad del consumo del vino, habrá que admitir
que en realidad existe la ebriedad sin vino, y que buscarla a través del vino
constituye una búsqueda del propio ser, lo que la sobriedad por lo general
oblitera. Lo más probable es que para no encontrarse con uno mismo se
practique, en forma programática, la sobriedad. La ebriedad natural, sin
coadyuvantes tóxicos, como el vino y otras drogas, también está mal vista.

La locura, por ejemplo, puede ser considerada una especie de ebriedad
causada por una combinación de agentes internos y exteriores. La mística
es otra: por eso, los místicos, borrachos de la divinidad, son mal vistos en
todas las religiones. Pero hay una ebriedad pasajera, no tóxica, que asalta
al sujeto de un modo súbito, haciéndolo cambiar de estado y verse durante
unos instantes y ver, a la vez, al mundo diferente, extraño, en un estado
transitorio durante el cual lo banal se enaltece, lo familiar se vuelve
remoto, y, lo desconocido, familiar. Esta ebriedad inmotivada, que puede
causar exaltación o pánico, pone en contacto con la otredad tan buscada a
través del vino, y por lo tanto es tan sospechosa como la otra, que el vino
procura. La búsqueda deliberada de esa otredad de lo mismo que hay en
uno y en el mundo, puede ser considerada como el ejercicio de una
metafísica práctica. Y la toma de contacto con esa otredad, exaltante o
dolorosa, poco importa, como una experiencia mística pasajera. Nula saca
la libreta de notas del bolsillo, depositándola sobre la mesa de trabajo y con
una birome negra que retira de un cacharro, después de trazar una línea, un
redondelito y otra línea sobre el renglón vacío para separar la nueva nota, de
la anterior, medita durante unos segundos y escribe: Concebir un dualismo
materialista a partir de percepciones múltiples y contradictorias, en un solo
individuo o en muchos: la otredad de lo mismo, como el anverso y el
reverso de una lámina delgada, que si uno la da vuelta, reverso y anverso
cambian de lugar, ocupando el del otro. Lo mismo transformándose,
incesante, en lo otro.

La muerte de un Quijote

Todo estallaba, la ciudad ardía y el corsario negro arremetía contra él. La lanza lo atravesó de lleno, y la sangre azul brotaba a borbotones. El dolor era tan profundo, que parecía sentir al universo dentro de sí haciéndose añicos; mas no era por el fuego de la ciudad que lo achicharraba; ni la lanza que le atravesaba; era por ver morir a Dulcinea allí, desvaneciéndose en un polvo de estrellas, a quien sólo supo y pudo despedir con lágrimas.

El fuego se apagaba, la sangre dejaba de brotar, y la herida se cerraba al mismo tiempo que los rascacielos recuperaban su brillo. El traje estaba impecable, sin sangre, sin manchas.

De alguna manera se dio cuenta que todo había vuelto a su lugar. Se palpó el pecho, sin rastro alguno de aquella mortal herida. Con alivio pasó su mano por la cara, sólo para notarla un tanto, extrañamente, mojada.

Auroras Boreales

Como es época en el norte, ya algunos están promocionando



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